jueves 29 de octubre de 2009

EL PREMIO

Se acerca un señor a otro. En una plaza, por la tarde. El señor que se acerca no llega a los cincuenta. Y el que está sentado sin darse cuenta de que el otro se acerca, se encuentra sentado junto a otra persona que sí conoce, y miran hacia la gente, las madres con sus hijos, la pareja adolescente, el que fuma un pucho con los mates, la que toma el helado después del trabajo. Pero no sabe que se acerca ese hombre grande, joven para ellos que se apoyan en la puerta de los ochenta.
El señor, entonces:
–Perdone.
El viejo levanta la mirada. El de cincuenta se presenta y estira la mano. Una madre le grita a su hijo con exagerada demanda que cuide la ropa y que la arena tiene piojos.
–Mi nombre es Enrique Marín. Usted me conoce, pero mi cara no debe decirle nada.
Enrique Marín asusta. Parece un hombre importante. Un auto importado lo espera al costado de la plaza. El viejo lo sigue mirando e intenta captar la esencia de Enrique, la cara original, no esa, la del día, la de su éxito. De todos modos, le entrega la mano y dice su nombre.
–Alfonso Biaggio.
Enrique sonríe y no puede evitar hablar con los ojos. Le brillan. Aprieta los labios. Los envuelve. Alfonso entiende una emoción, pero no la explica.
–Alfonso… Alfonso, el calesitero –dice Enrique con aire de presentador.
Alfonso entiende. Se cruza una mirada de truco con el viejo de su izquierda.
–¿Y cómo me reconoció, señor Marín?
Marín se entusiasma. Ya rompió el hielo inicial. El momento que esperaba.
–Don Alfonso. Perdón que no le suelto la mano, es que…
–No me suelte, como no soltaba la sortija ni que lo arrancara su madre del caballito.
Enrique se asusta de emoción. Se le cae la mano. No da crédito a lo que escucha. Tenía en su cabeza una imagen de cómo sería, y no era de ese modo.
–Entonces… usted se acuerda…
–Claro que me acuerdo, señor Marín.
–Me sacaba todas las vueltas de premio. Usted me dejaba sacar la sortija y me quedaba casi toda la tarde andando gratis…
–Te gustaba más el helicóptero, pero elegías el caballo porque desde ahí te podías estirar más y arrancarme la sortija.
–Me dejaba ganar, don Alfonso.
Don Alfonso se pone de pie. Es alto. Otra madre grita a otro hijo. El hijo detiene su corrida y camina desmotivado hacia su madre. Un ciclista cruza la plaza. Esquiva a una señora que le reclama que circule por la calle, pero el ciclista sigue. No lleva casco y escucha música. Es joven. Quizá todavía no piensa en la muerte. La señora le mira la espalda y asiente para sí misma y sigue su camino lento.
–Don Alfonso…
–Escúcheme, señor Marín…
–Don Alfonso…
–Cállese, carajo. Me va a escuchar.
Enrique Marín, con su traje de todos los días que puede costar más que todos los trajes de Alfonso Biaggio, se amilana, se retuerce a ese pedido y lo deja explayarse. Don Alfonso, con una forma que sólo él puede, con esa licencia del que hace bien lo que los otros mal, le levanta el dedo en la mismísima jeta al tipo importante que, cuando era un chico sin un mango, se llevaba todos los viajes en calesita. Las palabras salían de su boca y mejoraban en estéreo desde la punta de su dedo encendido.
–Usted se cree que yo, como calesitero, le regalaba la sortija.
–Me parecía que…
–Usted, sepa bien, me insulta acusándome de semejante crimen. ¿Se cree, acaso, que no reconocía a los demás niños como niños también?
–Usted, Don Alfonso, levantó mi estima, me hizo sentir un ganador. Yo entendí que eso era parte de un plan. Su plan. Que alguien, entre todos, tenía que resaltar. Que mejor uno con espíritu soñador, que mil al costado del camino…
–¡Jamás, señor Marín! Jamás se le ocurra que yo le regalaba la sortija. Usted solo, con el sudor de su frente, con el dolor de sus brazos extendidos hasta separarse de su cuerpo, se llevaba la sortija. El resto de los chicos, si no la agarraba, era porque no la quería tanto como usted. Ya ve como no me olvido de su cara.
–Era…
–Un luchador. Usted.
–¿Y usted…?
–Yo no hice nada. Yo no le permití nada. Lo hizo usted solo.
–Yo había pensado, todos estos años…
–Vaya tranquilo. No busque cómplices. Usted era el luchador, no yo.
–Y lo busqué todo este tiempo. Quería agradecerle. Toda la motivación que me dio. Ese detalle de la sortija.
Marín, confundido, como siguiendo su plan original, extrae de su saco la chequera.
–¿Qué hace, se puede saber?
–Mi… forma de agradecerle…
Los dos viejos ya están sentados juntos nuevamente. Los dos parecen furiosos con ese hombre. Entienden, pero no toleran la incomprensión ajena. Eso entiende Marín. Lo entiende, pero todavía cuelga la chequera de su mano.
–Así que, señor Marín, no quiere detener su ola de insultos.
–Es una manera de agradecerle.
–Vaya, Enrique. Vaya. Esto no es lo que esperaba. Yo, la sortija, no la regalaba. Se la llevaba el que se le marecía.
–¿Me está diciendo en serio? Porque me ayudó a confiar en mí…
–Eso no me incumbe. ¿Su madre vive?
–Sí, es grande, pero…
–¡Qué suerte! ¡Vaya! Pregúntele, eh. Pregúntele a la señora cómo era usted con eso de la calesita. Y se lo va a decir como yo: si no la ganaba, casi que me hacía parar el juego, la canción y se ponía a discutir con los demás hasta que… Mire. Créame. Soy un hombre honesto.
–Sí, claro… Bueno, Don Alfonso…
–Alfonso, por favor…
–Cualquier cosa que necesite…
–No necesito nada. Usted es feliz, yo soy feliz. La mayoría no. Estamos en paz.
Marín le extiende calurosamente la mano, pero Don Alfonso le devuelve un viento nórdico de cinco dedos y mira a las madres y a las demás figuras de plaza. Cruje una hamaca, como siempre.
Marín extiende la mano al otro viejo, quien lo mira como expulsándolo y no le extiende la mano. Marín comprende y dice bueno y se retira. Pasa un rato, se inicia la calesita con un disco viejo. Alfonso no está al mando. Un tipo de treinta y pico empieza a sacudir la sortija a los chicos que, por chicos que sean, entienden que representa una vuelta gratis. Y la quieren para ellos porque su madre mira y porque los demás miran y porque sí, también. Alfonso mira y suspira. Su amigo sabe que tiene que acotar algo.
–Mirá como revolea la sortija este zapallo…
–Demasiado lejos de las manos. Tiene que darles esperanza.
–Los chicos son los toros; él, el torero. Debería saberlo.
–Sentirles la mano –dice Alfonso, concentrado–. Que la sortija les roce la mano, que a la vuelta siguiente crean que ya saben cómo hacer para sacar la sortija.
–Claro.
Pasan unos minutos. La canción es tan vieja y tan efectiva. La canción de las calesitas, piensa Alfonso. El perfume de Enrique Marín sigue en el aire. Las palabras de Enrique Marín parecen escritas con navaja en los árboles de por ahí.
–¿A cuántos escuchamos con ese cuento?
–Ya ni sé.
–¿Te acordabas en serio de éste?
–Sí… Un pibe maravilloso.
No puede evitar la caída de un poco de llanto. Se detesta cuando llora. Siente la lágrima en algún pasillo de su barba canosa. Se insulta a sí mismo. El otro se ríe y murmura algo sobre la chequera, y agrega algo, casi para sí, pero sabiendo que Alfonso lo está escuchando. Algo acerca de que la gente no entiende, a veces.

miércoles 30 de septiembre de 2009

Analítico de estudios

Yo corría con mis primos mientras los padres de cada quien no estaban y la abuela y el abuelo charlaban con ellos. Parábamos de inmediato cuando alguno aparecía. Parecíamos, incluso, mejores personas cuando estábamos entre primos, pero yo estaba seguro de que, cada cual por su lado, por su barrio, por los pasadizos de cada familia, se portaba para el culo. Yo lo hacía. Mi primo tenía la misma mirada. Podríamos haber sido cómplices o enemigos de no haber nacido parientes.
El tema es la abuela, de todos modos. Él la siguió siempre. Yo me alejé antes de la adolescencia. Por el tema de mi viejo. La violencia y la psicosis me detenían, así como después, también, me hicieron arrancar sin frenos, sin rumbo y con una sonrisa maniática en la cara.
La abuela cocinaba algo y el abuelo cocinaba otra cosa y charlaba de a ratos con unos y después con otros. Yo seguía corriendo. Creo que estaban todos borrachos, pero yo quería correr. Un adulto pedía, de repente, que no corriésemos. Chocamos con la abuela. La abuela le reclamaba, entonces, a otro adulto, creo que a mis padres, que hicieran algo. Se acerca mamá. Me pega una bofetada. Ese es el primer recuerdo que tengo de una tarde en lo de la abuela.


Es domingo y tengo fiebre de aburrimiento. Están los abuelos en casa. El abuelo parece demasiado viejo. La abuela charla con mis padres. Hay algún tío dando vueltas. Siento la humedad de mi casa. Todo me repugna. Es cuando un chico se pregunta cuánto falta para ser adulto y así salir corriendo enajenadamente hacia ninguna parte. Siempre están ocupados y hablan de obligaciones. Hablan. Todo el tiempo hablan. Parecen muertos vivos pidiendo cerebro con los brazos extendidos. Yo, igual, tengo que hacer la tarea de matemática. Puta madre. Me voy al baño e intento cagar porque cagar es, al menos, placentero. Pero no sale ni un pedo. El aburrimiento lleva a las personas a ser lo que son y lo que vemos y lo que vivimos en las esquinas.
Entonces, la tarea. Como soy un vago de mierda, como no me cierran los números por ningún lado, hago la tarea en dos patadas torpes de cinturón blanco. Me acerco a mi abuelo, viejo y quieto, y le pregunto, ejercicio tras ejercicio, hoja tras hoja, si los hice bien. Mira uno: sí, Maxi, los hiciste bien. Mira otro: sí, también. Sí. Todos bien. Todos.
En una de esas, mi abuela interviene.
–¿Qué hacés, Maxi?
–Hago la tarea con el abuelo.
Me agarra convincentemente del brazo y me lleva a otro lado. Me sienta. Se sienta. Me saca las hojas cuadriculadas. Las mira. Aprieta el labio. La mirada. Todo. Tiene que pensar en los ejercicios de matemática y en algo más triste también.
–¿Qué pasa, abuela?
Me chista. Me asusto. Termina de leer lo que hice.
–Esto está todo mal, Maxi. Hacelo de vuelta.
–Pero el abuelo…
–El abuelo no fue nunca al colegio, nene. Vos sí, así que prestá atención.
Se va con los adultos. Con sus obligaciones y sus pesadillas. Pero la idea de que una persona no haya ido nunca al colegio me abre un espacio de oscuridad severamente extraño.


En la adolescencia y por sucesos de gruesa violencia familiar, de todos contra todos y del padre contra toda la casa, tengo que quedarme a dormir en lo de la abuela durante unos días. El abuelo ya se había muerto. Yo fumo, como toda mi familia en todas sus ramas. A la noche, tarde, saco mi cuaderno rayado en el que escribía esas cosas. A veces unas cosas son mejores que otras, pero todavía no salen de irrisorias. No interesa. El punto es que se levanta mi abuela. Se supone que yo ya tengo que estar dormido. Ella, claro está, no sabía que hacía rato que yo no dormía por la noche.
–¿Qué hacés con la luz prendida?
–Escribo un rato.
–¿Qué escribís?
–Historias.
Entonces se restriega los ojos, se da la vuelta y chista fuerte con la lengua. Me siento muy incómodo. Un par de días después ya estoy de vuelta en casa.
El infierno estaba en cualquier lado si nacías con la marca. Daba perfectamente lo mismo.


Después hubo historias de encierros, más vicios, más peleas, silencios prolongados. Más de lo mismo de siempre con nuevos y viejos aderezos, todo en la olla. Pero el tiempo pasaba y lo que era una forma de vida ya era la vida misma. Sí cambió mi escritura. Pasé de una espeluznante escritura en cuadernos a una espeluznante escritura en la computadora. Tuve unas novias. Salí de noche. Conocí gente. Me puse en pedo. Estudié algunas cosas. Pasó el tiempo, pasaron las tardes en los lugares. Las noches escribiendo. Las discusiones de futuro con las novias. Ninguna quería que escribiese, por eso seguí escribiendo. Cosas de cada quien. Cada cual con sus propios dilemas. No era nada fuera de lo normal. Nada de nada.


Una noche de Navidad. Mi familia no está completa. Estamos en la mesa mi hermano, mis padres, mi tío Miguel –el del auto antiguo que presta para casamientos y que es la razón de su vida– con mi tía –madre y tía, sus características por excelencia, y rubia de peluquería–. Y mi abuela. A sus noventa y seis años pasaba, después de más de quince años, una fecha con nosotros.
Comimos. Entremesa. Ella no habla. Ya está demente. Hace ruidos y suelta palabras sin sentido. No quiero mirarla a los ojos, no sé por qué. Respiro profundo. No quiero pensar demasiado. Algo me pica adentro. Apenas levanto la mirada y miro alrededor, lo primero que aparece en mi cabeza es la idea de que por fin tengo que dejar de fumar. Unos días después empiezo a intentarlo y lo logro. Esa es buena, mierda. Por más que no escriba una sola palabra. No importa. La vida es una sola y acepto un infierno si existiera, pero no hay ninguno. Y libros hay millones. Mejor tener más tiempo entre la raza para mirarla por la ventana y apreciar cómo se arrastra y choca y balbucea pidiendo cerebro.
Así que mamá y papá brindan con mis tíos. Al rato, brindan entre ellos, papá y mamá. Los tíos suspiran. Papá empieza a gritar y a discutir, pero nadie se cuelga de sus provocaciones.
En eso, estoy pensando en salir a fumar un cigarrillo y mirar la calle vacía y a tratar de escuchar los murmullos en las otras casas cuando mi abuela extiende su brazo y me toca la mano. Me asusto como quien siente que le agarran el pie por la noche desde debajo de la cama. Un boludo, todavía.
–¿Y, Maxi? –me dice.
–Abuela… ¿qué?
–¿Ya te recibiste de escritor?
La miro. Pasmado. Quiero creer que alguien escucha lo que la abuela me pregunta, pero cada cual está siguiendo los pasos de mi padre hacia la hecatombe.
–Más o menos, abu. Más o menos.
–Esa es una respuesta linda y humilde, Maxi –me dice.
Y vuelve a colocarse en la posición en la que estuvo todo el día, sentada con las manos sobre su falda, tan vieja, tan al límite y con los ojos en el borde de la mesa, completamente obnubilada. Entonces se me escapa un pedazo de llanto porque tengo que saber al menos un poco lo que pasa por la cabeza –no lo que piensa– de una persona que todavía tiene idea de que carga noventa y seis años, que está pegada al brazo de la muerte y que entre los dos ven lo que pasa en la vida, aburrida, estúpida y pretenciosa y barata.
Un rato dura la reunión como reunión hasta que se transforma en campo de batalla. Todos contra todos y la abuela llorando. Pienso un rato en los demás, en que todavía la humanidad puede sorprenderme, mi familia puede sorprenderme haciendo llorar a una mujer de noventa y seis años, mierda. Los petardos. Los corchos. Los regalos. Todo eso, por todos lados. Todos asistimos a este deporte.
Días después, se nos fue. Recién cumplidos los noventa y siete. No sé si la mató la pelea de Navidad o qué. El tema es que es igual. Parece que todos andan por ahí para no pensar en la muerte.

miércoles 22 de julio de 2009

STRADIVARIUS

Carlos –sentado y fumando– le confiesa –después de largas medidas de intimidad entre ellos– su afición por el sexo no consentido.
–Si es lo que te excita… –dice Daniel.
Llevan once años de amistad. Desde terminada la secundaria. La repentina distancia había afianzado un vínculo que no había habido antes. Entonces Carlos estudiaba abogacía y parecía un ciudadano modelo.
Y Daniel, obnubilado, andaba. Sin planes por la vida. Primero la calle, la calle y la joda, la calle y la joda y el faso. Merca y merca y merca, también. Cuando empezó a perder los dientes, Carlos lo advirtió. Sin tiempo para nada entre trabajo y facultad, se hizo un momento para su amigo. Y Daniel se lo permitió. Después vinieron los problemas legales. Alguien que reclamaba una cosa y otro que lo acusaba de otra. Y Carlos lo ayudó. Eran tan parecidos. Tan altos, tan morochos, tan serios. No se entregaban a la idea de que pudieran tomar caminos tan diferentes.
Daniel tardó dos años en lograr una sanidad respetable. Rehabilitación en institutos, psicólogos y psiquiatras. Se hizo la dentadura y le inyectaron pelo. Leyó, se calmó, se separó de algún que otro vago y se unió al amigo verdadero. Carlos fue la clave cuando, entretanto, había que trabajar en su estima.
Y, a pesar de todo, cuando Carlos tuvo que confesarle sus preferencias sexuales, titubeó.
Entonces, Carlos inhala. Y Daniel le roba una pitada y se lo devuelve.
–No me gusta el sexo normal. Lo sé. No lo puedo hablar con nadie. Investigo por Internet. No se me ocurre. Veo casos. Voy a tribunales. Encuentro colegas que me piden colaboración contra algunos violadores… Y yo no sé qué decir. A veces pienso…
–Que estudiaste para defenderte a vos mismo –dice.
–Eso.
Y le sigue contando. Y no le pregunta si lo entiende o si no. O si le va a contar a alguien o qué.
Porque Daniel, después de todo, se hizo policía. Y ahora que hablan en la plaza, uno tiene puesto un saco y una corbata y el otro un tremendo uniforme azul de policía, con gorra y todo, y absorbe el odio de los que pasan a su paso y vive con taquicardia esperando el tiro por la espalda. Esto, por el momento, no es más que un amigo contándole un secreto a otro. Pero también puede ser un abogado confesándole a un policía los crímenes que acostumbra.
Le habla de una chica rubia, madre de dos hijos, que nunca apareció. Él sabe dónde está.
Le habla de la anciana apuñalada la semana pasada en La Plata. Sí, dice, me fui hasta La Plata. No quise matarla. Sólo quería sexo. Me molesta, dice, que ningún diario explica que fue violada. Que a nadie se le ocurre hacer un examen de esos a una anciana. País de mierda.
Le habla de los nenes de la calle. Son tan fáciles, asegura. Y parecen no sufrir, dice, pero sufren.
Le explica que ahí, con ellos, empieza el calvario. No puede dormir. Recuerda el llanto. Tan sucios y muertos de hambre y sin embargo tan llenos de esperanza. Ni el más famélico, dice, pierde la chispa del niño. Con cuidado de no ofenderlo, Daniel levanta la mano pidiendo no más detalles.
–¿Quién más lo sabe? –dice Daniel.
–Un abogado amigo –dice Carlos, y solloza y tiembla.
Daniel no pregunta de dónde viene ese gusto. Ni qué piensa por la noche, ni cómo es que vuelve a ponerse el traje de ciudadano por la mañana. Pero sí se preocupa por aquello que sabe el otro abogado. Por amigo que sea.
–¿Amigo?
–Amigo. Creo que lo necesito sabiendo lo que pasa.
–Vos sos el que sabe de eso, pero yo preferiría que nadie esté al tanto de nada. Es muy arriesgado.
–Tengo más secretos de él que él de mí… De todos modos, puede que me haya equivocado.
Después de eso, por cosas del instante, hablaron de otros temas. Pero en todo momento, cigarrillo tras cigarrillo, Daniel supo que debía ayudarlo, porque Carlos vivía con esa cruz y conocía su destino, y no estaba feliz con él, y estaba desesperado porque no encontraba la forma de cambiarlo.
Daniel, por su parte, agradecía no estar en el lugar de su amigo. Pero era el momento de devolver parte de lo mucho que había recibido años atrás.


Daniel le prestó el departamento a Carlos para llevar a una chica. Nunca se enteró de lo que pasó esa noche, pero sabía por dónde iba la mano.
Otro día, le consiguió unas esposas.
Otro día, dejó una zona liberada para que pudiera actuar.
Y todo, ciegamente, en nombre de una vieja ayuda.


Meses después, tratando de dormir, la cabeza en la almohada, Daniel sacude la cabeza. Da un salto. Solo, en su departamento del Once. Transpirado.
Taquicardia. Finalmente, esa bala por la espalda había llegado.
Había estado ayudando a un violador. Violador y asesino.
Daniel sabía, a diferencia de Carlos, que no debía hablar con nadie al respecto. Encendió un cigarrillo y prendió el velador. Cinco minutos de inhalar y exhalar y transpirar mientras imaginaba lo que le hacían a los violines en las cárceles. Y a los policías. Y, peor, a los policías que ayudaban a los violines. “¿Qué es un violín?”, había preguntado en la academia. “Un violador, gil”, le respondieron.
Ese mismo día, le advirtieron que tuviera mucho cuidado con meter la mano en la lata o de disparar sin querer a cualquiera. La cárcel no estaba hecha para ellos.
Y él, aunque por cuidar a un amigo, piensa: me estoy comprando todos los boletos para ser la reina de los cacos.


Carlos lo llama a las tres de la mañana. Es diciembre. Llora. Un abogado que llora, piensa Daniel, más transpirando, está en problemas imposibles. Qué pasa. Que mi propio abogado, dice Carlos, de abogado a abogado, me dice que más vale que me vaya poniendo la pollerita. Descubrieron todo, agrega.
Daniel, por su parte, entiende que Carlos lo había ayudado a superar una adicción. Él, en cambio, había estado ayudándolo a hundirse más en una.
–¿Me implican? –pregunta Daniel, al filo.
–No.
Entonces le explica que él puede acomodarlo, por lo menos, en una prisión donde no lo sometan. Usa esa palabra y es horrible y queda el eco en la línea y en la cueva de le puta memoria del que anda mal.
–¿Quiénes? –pregunta Carlos. Es abogado y parece haber olvidado todo lo que sabe acerca de los violadores en las cárceles. Antes se trataba de otros. Ahora se trata de él. Y, por algún motivo, supone que no puede ser igual para él que para los otros.
–Los presos, los guardias. Todos.
–¿Vos decís…?
–No sabés lo que te espera en otro lugar. Firmá todo para ir a donde te mando. Voy para allá. No te despegues de tu abogado, te ruego.
Cortan.


No era necesaria la saña, pero la hubo.
Pasaron setenta y dos reclusos. Gordos, flacos, altos, bajos. Enfermos.
Carlos quería gritar el nombre de su amigo, Daniel, pero tenía la boca tapada y tajeada. Lo habían crucificado contra las rejas de una celda. Y se lo culeaban al paso. Después pasaron los guardias. Lo peor, sintió, fue el desodorante. Le quedó adentro, atorado, y no importó. Sabía que no iba a vivir para saber qué sucedería con el desodorante. Después empezaron los facazos a las piernas y los brazos y a lo que le quedaba de pija. Después lo desmenuzaron como a un pollo. Vivió todo ese tiempo. Violín, le gritaban. Era el peor crimen en la cárcel. No importaba que hubiera asesinos de pobres tipos en bicicleta. Para la ley del preso, el violín era el demonio. Después le cortaron las orejas. Le acuchillaron el ano. Le quitaron los ojos y perdió la vida. Violín, seguían. Pero ya no había violín. Sólo un cuerpo colgado.


–¿Cómo pasó, Danielito? Decime… –pregunta la madre de Carlos, de negro, tambaleando.
–Se suicidó, doña Norma. Todo esto lo sensibilizó.
–¿Era culpable?
–No tanto, doña Norma. No tanto.


Daniel no podía creer que tuviera que pagar a su propio compañero, viejo compañero de la academia, para hacer lo que igual harían los presidiarios la primera noche de reclusión de Carlos.
Hablaban en el patrullero. El gordo Ramírez, jefe de guardias del penal, le pedía una luca. Se la dio, de todos modos.
–Lo que vos querés –dijo Ramírez– es que se muera antes de hablar cualquier gansada. Y eso es lo que te estoy dando, papi. Seguridad.
–Ta’ bien, gordo. Está bien. Lo bueno es que viene solito. Cree que acá va a estar bien.
–Salió medio boludo ese abogado, eh.
–No, lo que pasa es que confía en sus amigos.


Cuando apoyó el orificio de su nariz en la línea de coca –unos meses más tarde, con las aguas ya calmadas–, aspiró profundamente, abrió los ojos big bang, y se preguntó, en esa primera oleada de placer, única e irrepetible, si eso que estaba haciendo no era el motivo por el cual había traicionado a su amigo.
–Los… oscuros… pasillos… de… las… adicciones…
Y se dejó caer en el colchón.

miércoles 17 de junio de 2009

BIEN DE FAMILIA

Papá nos juntó a mí y a mi hermano. Iban a sacarnos la casa. Yo tenía doce años. Tenía que ser jugador profesional. O cualquier cosa que me hiciera millonario. Y lo único que conocía que te hiciera millonario era el fútbol. Pero estábamos perdiendo la casa. Y papá se sirvió un vaso y le dio hasta el fondo. El olor a vino y a cigarrillo. Papá.
–Siéntense –nos dijo.
–¿Para qué? –preguntó Mariano.
–¿Cómo? ¡Nada de para qué! ¡Sentate y se acabó, carajo!
Mariano empezó a caminar en dirección contraria. Papá salió tras él. Me quedé sentado con las manos ajustadas entre las rodillas. Las cejas cansadas. Siempre lo mismo. ¿Bajo qué puente pelearíamos? Pensé.
Escuché un portazo. Mariano había salido corriendo. Papá no logró atraparlo. Volvió mascullando.
–Ese hijo de puta… tu madre… es culpa de ella… acá no hay autoridad. Ya lo voy a agarrar. Mi viejo me hubiera…
Siempre mascullaba lo mismo. Las pequeñas innovaciones te hacían temblar el culo. Ahí entendí que la originalidad era eso: pequeñas innovaciones a lo ya existente.
–Luis… –empezó.
–¿Sí?
–¿Sí, qué? –preguntó, enfureciéndose.
–Sí, papá. ¿Qué pasa?
–Vamos a perder la casa.
Se sirvió otro vino. Encendió otro cigarrillo. Era tarde. Sabía que ya tenía que estar en mi cama.
–¿Cuándo? –pregunté después de un rato en silencio.
Le di pie para hablar. Luis, es decir yo: un imbécil.
–¿Cuándo? Mañana, hoy a la noche, en un mes. Cuando quieran. Perdí un juicio…
–Ya sé.
–No me interrumpas. Escuchá a tu padre. ¿Es mucho pedir en esta casa que se lo escuche al padre?
Siguió hablando de lo que era ser padre en esa casa. Escuché que llegaba mamá de trabajar. Lo hizo en silencio. Al parecer, papá ya debía estar borracho porque no la escuchó. Por eso me hablaba a mí: porque no estaba ella para pelear.
–Aquí se pierde el hogar. El hogar que les hice para crecer. El hogar que inspiró DIOS para todos ustedes, que son hijos de DIOS, aunque no lo crean.
–Sí, papá.
–Y DIOS decidió que no somos dignos para crecer acá… ¡Y SE LA VA A LLEVAR CUALQUIER HIJO DE PUTA! Pero… Pero… nosotros no los vamos a dejar. Si es necesario, por Perón, juro –gritó–, le prendemos fuego. ¡Que se prenda hasta el último ladrillo! ¡Que parezca el infierno! ¡Que no quede nada! Pero, Luis, de acá no nos movemos.
–¿Cuándo le vamos a prender fuego a la casa?
Esa no se la esperaba. Titubeó. Esperaba mis lágrimas. Pero me vio comprometido con sus palabras. En general, yo sabía, él no creía que los demás se comprometieran con sus palabras. Así que lo hice y se fundió en pánico. El borracho.
–¿Querés que le prendamos fuego ahora? –le pregunté.
No se la esperaba. Agarró el encendedor. Estaba aterrorizado. Me veía como quien ve a un desquiciado. Yo sólo tenía doce años.
–Puedo conseguir nafta. Es fácil. Prendemos todo hoy… Y hasta se puede encender la casa del vecino. Y la del otro vecino. ¿Pa? ¿Estás bien?
–Tenemos que esperar un poco. Ni bien vengan a quitárnosla, se la quemamos.
Y agarró el paquete de cigarrillos y se arrastró a su habitación. Se peleó un poco con mi madre y mi madre vino a mí.
–¿Qué te dijo? –preguntó ella.
–Que nos van a quitar la casa y que hay que prenderle fuego.
–No, Luis. Nadie nos va a quitar la casa. Yo la puse a bien de familia. Es nuestra hasta cuando queramos.
–Yo le dije que no tenía problemas con los incendios.
–No le llenes la cabeza a tu padre…
Me quedé con esa última frase. Así estaban las cosas. Se sirvió un vaso de vino y se arrastró con sus hojotas hasta su cuarto. Me fui a dormir y falté al colegio.

viernes 22 de mayo de 2009

(Este es un poco para que se diviertan quienes trabajan los domingos, y para que traten de comprender un poco quienes no, que cuando se acerquen a la gente que pone la cara los domingos, la traten con algo de amabilidad, que puede que ya, de por sí, estén un poco locos o con las emociones al límite)


Pascuas (2009)

“Al perro que tiene dinero se le llama señor perro”
Proverbio árabe


Parecían volver de la noche. Arrastraban la mirada el uno hacia el otro. Se pasaban la voz, bastante alta. Todavía querían hacerse oír; todavía estaban buscando alguna chica. Quizá estaban tremendamente solos y se tenían el uno al otro y nada más, o volver a su casa era algo demasiado trágico. Por eso eran las once de la mañana del domingo de Pascuas y yo estaba yendo al trabajo y ellos a sus lugares o a sus tumbas.
Uno de ellos, parece, se llamaba o le decían Totó. No creí que se llamara así, pero poco tiempo atrás había escuchado de una tal Male, y no por Malena; simplemente Male. Totó. Llevaba una remera que decía 100 % cabeza dura. Fue mi primer recuerdo de él, así que convenía que no estuviera yo mismo a cargo de su epitafio. No por el momento, hasta conocerlo mejor.
El otro, una camisa abierta, como cansado de andar correcto a lo largo de una noche que no le había dado nada. Este otro parecía tenerle cierto miedo al tal Totó. Yo estaba sentado. Tenía ganas de matar a alguien. No es cuento. Nadie parecía haber leído nada de nada acerca de la superpoblación. Y nadie parecía reconocer lo abotargados que estábamos y lo tanto que nos odiábamos los unos a los otros. La refutación a todo lo que se podía decir a favor de la sociedad tal cual la veíamos estaba en la siguiente propuesta, ahí mismo, frente a todos: no sirve ni servirá una sociedad que ofrece un tren lleno a las once de la mañana de un domingo. Miré a los costados: no había nadie preparado para compartir un pensamiento.
Pero había una adolescente que parecía avergonzada del tremendo tamaño de sus pechos.
Entonces pasaron algunas estaciones y los chicos –parados frente a mí entre dos cuartetos de asientos, así como apoyados, tirado uno contra el tacho de basura, y relajado Totó contra la pared de los asientos de un lado y del otro– ofrecieron unas conversaciones para gente que no quería escuchar conversaciones de nadie.
No todos ahí teníamos como destino el trabajo. Algunos tenían su visita al cementerio. Otros, a la plaza grande de un lado. Otros, a algún lugar del río. Otros cargaban con la visita a la casa de la familia viva. Otros volvían del trabajo. Otros quizá hacían de cuenta que iban a algún lado y después se tomaban el siguiente tren de vuelta, o dejaban pasar uno para no levantar sospechas. E iban y venían.
Yo no la había puesto la noche anterior. Estaba nervioso por eso y por lo humano, por todo, por estar ahí.
No importa cuánto sepa uno de las cosas, cuánto más que otros y demás: lo importante está en que igual hay que estar en algún lado, y eso puede aterrar si se lo piensa. Porque –mientras escuchaba a Totó– el problema de ello es, asimismo, no importa el vigor en los objetivos, el mito, la vigencia, la fortaleza, la concentración, no importa. No, no importa. Digo. Así como se está aterrorizado por estar en algún lado todo el tiempo, en algún momento, sin importar los sucesos, se deja de estar. En cualquier lado. Se deja de estar. Me encontré asustadísimo por ese Totó. Tenía una espalda ancha, y una cierta barriga. Y su mirada parecía convencida de que a él no iba a pasarle absolutamente nada. Y, peor aún, parecía un ser groseramente indefenso, pero no a sus ojos; a sus ojos parecía fundamental y definitivo. Casi me dieron ganas de saltarle encima y clavarle la llave de mi casa en el cuello para demostrarle lo indefenso que estaba.
Miré otro poco al amigo, y en pocos minutos me di cuenta de que no era ningún amigo, que todas las estupideces que Totó le decía, después, más tarde, haciéndose el resacoso con alguna guachita de su barrio, las pasaba en sucio y la hacía reír un poco. Pero este muchacho le tenía un miedo tremendo. Tenía miedo de refutarlo en la cara. Entonces le decía que sí a todo a una persona a la que había que decirle a todo que no.
¿Por qué hacía tanto calor en abril? El sol del mediodía se acercaba a partirnos la cabeza en mil pedazos y yo con camisa y corbata. No podía seguir así por mucho tiempo. Así, digo, en todo sentido. Empezando por clavarla los sábados a la noche. Y después por hacer algo para no trabajar los domingos. Es venenosamente humillante. Hasta el momento, nunca me había encontrado con un argumento aceptable acerca de por qué no es humillante trabajar los domingos. Y todos esos argumentos a favor o en contra tenían que ver con un espíritu y no con una razón.
Lo escuchaba a Totó sacudir sus manos y entornar los ojos y sonreír al hablar y me obligaba a apretar el estómago. ¿Por qué me olvidaba mi mp4 un día con esa carga ferroviaria insoportablemente volátil? Hice como que tosía, pero dije “callate”. Repetí la acción, pero el tal Totó venía de escuchar meta punchi punchi y yo no era importante ni audible. No se dio jamás por aludido. Ni siquiera después de que repetí la acción por duodécima vez y más de un pasajero se rió y más de uno se ofendió. Callate.
Me dieron deseos de preguntarle a cualquiera de los dos si alguna vez habían tenido que poner la espalda en algún trabajo o si solamente se dedicaban a analizar a las personas de su entorno, tan magnánimas como un pollo frito a las tres de la mañana.
Cierta cantidad de ganado ingresó en una estación de por ahí, y pensé en sumarme al tumulto como quien no quiere la cosa, y movilizarme como camino a la puerta y en ese tramo hacer como que me tropezaba y entonces intentar clavarle la llave de mi casa al tipo que venía de su precioso sábado a la noche, con toda su libertad, sin trabajo y con algo de plata de su padre o de su madre. Y no era más chico que yo. Pero tenía las manos mejor que las de mi vecina casi adolescente, madre de dos pasajeras de subte/colectivo/tren de dos y cuatro años.
En eso, suspiré. No había mucho por hacer.
En el suspiro se me fue algún dejo de esperanza que venía cuidando como la última pepa de oro para salvar el culo de las hemorroides nerviosas en momentos difíciles. Los domingos son atentos ladrones de paciencia.
Habían cortado el aire acondicionado. Eso pareció. Transpiré. Me empezó a pesar la sensación de estar siendo observado. Alguien se había dado cuenta y sentía pena y hasta le causaba cierta gracia que yo tuviera que ir a trabajar en camisa y corbata un domingo. O mozo o pelotudo. Librero. Era librero y no había una persona en camisa y corbata a veinte kilómetros a la redonda, o quizá en alguna iglesia, pero eso no cuenta, como no cuenta a la hora de pedir ayuda.
Pasó entre la gente uno de esos adictos al paco que con tal de juntar unos pesos sin trabajar se calzan las muletas y aseguran estar inválidos o cojos o muertos, y sus piernas son anchas como macetas y cada tanto se mueven y se apoyan, pero estos tipos gritan y reclaman que si nos pasara a nosotros él nos daría.
Me terminó de enervar que Totó, mi amigo Totó, mi karma, el hombre preciso y moderno y reflejo del hombre del hombre del hombre, le dio una moneda, no sé de cuánto, no tengo idea, pero le dio. Yo mismo empeoré el suceso cuando imaginé a Totó enamorado y teniendo un hijo y viéndolo crecer y siendo despedido de alguna empresa y fundando una heladería y luego otra, o haciendo negocitos por Internet, comprando y vendiendo basura tecnológica, alquilando tiempos compartidos, zapatillas de marca fabricadas en talleres clandestinos sin dignidad ni reglas. Me asusté más que su amigo sin franqueza. Y después, Totó. Después qué, si tu hijo creció y quiere un auto. Y le comprás el auto. ¿A quién cagaste esta vez? Le compraste el tutú, Totó, a la maricona de tu hijo, que solamente quiere salir a pistear. ¿A quién atropella tu hijo, el pajerón? Al que merece su lugar en el mundo. En eso, la vida en el mundo es cíclica. En el resto también.
Cien por cien cabeza dura.
–¿Sabés lo que hacía Javier? Así, con el ojo, ¿entendés? Miraba para abajo y para el costado, fijate. Así se miente. En psicología es así.
Escuché eso. Lo decía Totó. El hombre de hombres de hombres. Estaba equivocado, pero lo decía como si se hubiera enterado de que eso correspondía a alguna teoría, quizá en algún diario, quizá lo había leído en el muro de algún amigo de Facebook. Eso era un desastre. Eso podía ponerme nervioso. Pero el amigo, aún asustado, le decía que sí, y de algún modo me tranquilizaba que los propios ojos de este cagón entendieran que su amigo estaba por completo equivocado.
Después empecé a hacer foco en qué bueno sería tener un número importante de billetes y salir rajando a cualquier lado y a cualquier lado no, y de un lado al otro, evadirse, no pensar en los demás, la buena vida, la mala, estar cansado o no, o traumado o no, pero no presionado por llegar a fin de mes. Como siempre, me figuré con el coco y la pajita bajo una palmera en alguna playa de arena blanca. La fantasía no alcanzó a espantar el monólogo de Totó.
Logré obnubilarme un poco cuando me imbuí en algunas maravillosas fantasías sexuales. Cuánto brío. Cuánta brillantez. Siempre fui un genio para ello. Ni había pasado un segundo que ya había llegado a destino. Algunas cosas hacen magia.
Después pagué una multa por olvidar sacar el boleto. No me hicieron caso a mis reclamos de piedad, de empleado a empleado, de lacayo a lacayo. No hubo caso. Estaban automatizados. Yo iba en camino. No pude culparlos.
Empezó la jornada. Vendí un libro, vendí cien. Después comí y conversé. Después miré una pared extraña y otra, a su lado, no lo era tanto. Alguien pegaba caricaturas en la pared extraña, como de baño. Caricaturas acerca de los empleados de mi librería. Yo, entre ellos. Tony, mi compañero, también. Mis demás compañeros. Diego, Walter, Claudia. Nombres y caras. Después apoyé la cabeza en la mesa y me dormí y soñé con el invierno. Me desperté con taquicardia. Y contracturado. No es buen consejo invitar a dormir sobre una mesa.
Después seguí vendiendo libros. Y se me heló la sangre cuando apareció Totó con su remera 100 % cabeza dura y su amigo enclenque pero modernísimo en la librería. Ahí estaban. Caminaban hacia mí. Y yo, empleado y escritor, me paré firme y esperé la embestida.
Preparé la llave de mi casa para clavársela.
Todavía no lo había perdonado. Y entonces sólo me preguntaron si trabajaba ahí, y asentí y me miraron y preguntaron por un libro que resultó ser el único libro que tengo publicado, yo, mi libro, mío, ahora, en manos de Totó.
Agarró el libro. Lo compró. Dijo… dijo… dijo gracias. De nada. No le dije que era yo el autor.
Me quedé parado, temblando. Después puse un disco de Ray Charles, uno con sus canciones románticas, bajé al depósito, me senté con un vasito de café en el fondo, bien al fondo y, sencillamente, me puse a llorar con la cara entre mis manos.

martes 7 de abril de 2009

Día de la Memoria

Me encuentro con Andrés. Lo cruzo, en realidad. Son las once de la noche. Es él. Sale de la estación, cansado del tren del que yo también huyo. Andrés es Andy. Quizá el mejor poeta de mi generación.
–Andy.
No me escucha.
–¡Andy!
Gira. Me mira. Cruza de vereda, pero cruzo yo también y nos saludamos a mitad de la calle. Hay mucha basura en el asfalto y todavía suena la campana de la barrera, aunque un poco desafinada. No hay autos cerca. Arriesgo un abrazo que no es correspondido. Me pregunta cómo estoy. Le digo que bien. Me estoy quedando pelado, pero bien. Ya no soy tan joven. Pero bien.
–¿Cómo andás vos, pibe? –devuelvo.
–Bien, cansado…
Lo interrumpo. Antes de empezar a hablar del clima, lo interrumpo.
–Che… al final, ¿te recibiste?
Asiente.
Entonces es licenciado. Letras. Universidad de Buenos Aires.
–¿Estás escribiendo?
Responde, un poco con la voz, un poco con el hombro:
–Sí, lo de siempre.
Entonces una poesía increíble.
–Y seguro que mejor –arriesgo.
Lo noto más cansado de lo que se asume. Es feriado, pero estuvimos trabajando. Es el Día de la Memoria. La gente, menos los empleados de comercio, puede recordar a sus muertos sin tener que ir al trabajo. Le pregunto:
–Che, ¿dónde estás laburando?
–En la ópera.
Me asombro. Recuerdo que cantaba. Cuando tenía quince años tenía una banda de heavy metal. Una tremenda voz pastosa. No se le entendía nada. El guitarrista era bueno. Sus conocidos eran fieles y llenaban los galpones en los que tocaban.
–¿Y qué hacés ahí? –pregunto.
–Estoy en las cajas. Bah, boletería.
–Mirá vos…
Después de eso, hablando de la literatura en general, pienso en algo importante que se me olvida de repente porque mientras estoy parado en esa esquina veo cómo se me va un colectivo. Él sabe que voy a tener que esperar casi media hora, pero no sabe que dejé de fumar y se me va a hacer tres veces más complicado cada minuto. No dice una cosa ni yo digo la otra.
–Te casaste, me enteré…
–Sí –dice Andy–. Che, y felicitaciones por el libro.
Me dice eso y agradezco y me paro de manera tal que no se me note el agujero en el costado del zapato.
Después enciende un cigarrillo y bosteza. Comparto el bostezo. Me recomienda un autor inglés que digo que voy a leer pero me olvido de inmediato, y yo le recomiendo un poeta paraguayo/argentino que, quiero creer, olvida de inmediato. Después se va caminando. Me felicita de nuevo, con el saludo.
Se me queda en la garganta preguntarle si todavía se acuerda del viaje que hicimos a los nueve años con los boy scouts, y si había aprendido a jugar a la pelota en ese viaje, o si había aprendido antes.
Y si se acordaba, de pura casualidad, quién me había robado y comido una caja de alfajores que me había comprado, a mitad de camino, en la ruta hacia el parque nacional, y que me había dejado sin un centavo por quince días.

viernes 6 de marzo de 2009

El hierro vino del cielo, que es hacia donde van los corchos


Me preguntaron qué iba a hacer en Navidad. Esa Nochebuena, tres horas después. Les dije que estaría con mi familia. Problemas más, adicciones menos. Pero con mi familia. Careta. ¿Perdón? Que sos un careta. Concha de tu… ¿De qué hablás? Vos, que escribís sobre la soledad…
No pensé en personas. Tampoco en esa discusión. Me abrí paso entre clientes y me fui a mi casa. Ahí no me preguntarían sobre la influencia del minimalismo, ni tampoco sobre qué era Carver, ni tampoco sobre qué era el minimalismo, ni tampoco cuál era el apellido de Víctor Hugo, el escritor de Los miserables.
–Hugo –respondí. Por lo menos treinta veces. No menos de veinticinco.
–No, el apellido –siempre insisten.
–Por eso. Hugo.
–No tiene sentido –y se van. Dan media vuelta y se van.
Navidad o Apocalipsis, uno llega y enciende la computadora y se sienta en ella a esperar algo hasta que no sucede y se fue el tiempo. Entonces, la cena de mi casa.
–No, Luis, así no…
Mi hermano. Hablaba de tecnología. Sabía, pero era optimista. Una especie de religión donde los dioses eran máquinas que encontrarían la forma de. Yo no. Yo pensaba diferente. Pero los optimistas reconocen en el pesimista el deseo de cambiar. Dios no existe, pero todos queremos que exista. Le dije, entonces:
–Te digo: así son las empresas. Te dan cosas por un rato… pero se va a acabar. Es…
–¡No! –insistió–. Porque un día pueden, y lo van a hacer, encontrar un meteorito gigante… en… el espacio… que tenga…
–¿Y con qué lo van a traer, eh?
–¿Cómo que con qué? Con la tecnología que haya en el momento…
–¡Pero no podría traspasar la estratósfera! Es como si, por mucho que…
–Pero la tecnología, Luis, la tecnología…
–¿Qué?
–¡La tec…!
–Es absurdo, Mariano, es absurdo.
–Lo pueden desarmar… o sea, yo sé que un meteorito o un cometa o un planeta, lo que sea que encuentren, no se desarma. Pero le van a quitar las propiedades y nos vamos…
–¿A salvar?
–Claro. Exactamente. Todo se trata de propiedades.
–Ehmmm.. Mariano… Si es… a ver…
–Es así…
–Si es que todo se trata de propiedades…
–Tal cual, como el hierro…
–¡Vos lo dijiste! El hierro vino del espacio…
–Tal cual. Bueno, no sé de dónde vino… Pero es eso lo que estoy diciendo. ¿Por qué no ser optimistas? Si nuestras rejas de casa tienen hierro, si nuestras computadoras lo tienen, todo lo tiene…
–Mariano… por favor…
Levantó las palmas.
–Está bien. Te escucho.
–El hierro vino de una lluvia de meteoritos que azotó durante mucho tiempo la faz de toda la puta tierra.
Mientras yo hablaba, él abría otra botella. Yo sabía que no la abría para tomar: la abría para parecer concentrado en algo que no le permitía hablar. Pero usaba aquello para pensar una respuesta. Hacer algo por la necesidad de tiempo. Así que agregué:
–Y no podemos vivir con lluvias de meteoritos. Eso está claro.
–¿Podés esperar? Estoy pensando
Yo sabía que abría la botella para pensar algo. Toda mi familia lo hacía. Nadie escuchaba.
–Ok, mirá… Puede ser…
Odiaba que un argumento fáctico de tal envergadura pasara a ser apenas una posibilidad en los oídos/cabeza/comprensión de esa otra persona. Nunca me sentí más solo que en ese momento.
–Pero algo, por el desarrollo que tenemos, nos va a salvar. Es cuestión de ver el avance. Nos vamos a salvar. Ya vas a ver.
–¿Y se puede saber de qué? ¿De lo que nos tenemos que salvar ahora o de lo que tengamos que salvarnos después?
–Quizá de todo.
–Quizá de nada.
–Puede ser. Pero, hasta ahora, el hombre demostró abrirse paso.
–No, no, no. Tenemos… pocos años de humanidad. Somos jóvenes como raza y ya… a ver… es como tener ocho años y cargar hemorroides por chupi…
–Noooo… Ja... No, hermano.
–Sí, te digo.
Después la siguió. Era imposible. Yo no creía en la victoria humana contra la vieja tierra. Pero era Navidad y había que charlar de algo. Incluso aclarar cosas que si no se hablaban en momentos sensibles –las fiestas, los entierros– jamás saldrían como deberían.


También se metió papá. En las fiestas, no importa si tenés uno, dos, tres años sin hablar. Habló de cosas que podían decirse en cinco palabras. Entre medio: Perón, la Virgen, River. Porque todo tenía que ver con ello. Usó una hora, con sendas interrupciones de mi hermano. Ellos se caracterizaban por lo mismo: mientras uno hablaba, el otro pensaba lo que iba a decir. Ya dije: estaba en los genes.
Yo jugaba con los corchos. Trataba de que no pareciera que estaba jugando a que uno esquivaba al otro, el corcho de plástico de la sidra al corcho del champagne, pero eso era. Que uno lo perseguía para matarlo. En realidad, hacía como que pensaba y, por eso, parecía inquieto y los tenía en la mano. Pero no estaba pensando. Sólo que tenía que parecer concentrado y no tan retrasado. Cuando el corcho de la sidra atrapó al corcho del champagne y lo mató, me pregunté si en algún momento había pensado en mi familia, y fue fuerte porque se trataba de pensar fríamente como cuando sabés que tenés que llamar a la policía o cuando no tenés que cruzar el semáforo. Siempre había sentido… Era sensible, sin dudas. Pero yo pensaba bien. Eso era lo extraño. Hasta se podía decir, casi trivialmente, que yo era el pensador de la familia. Qué inútil había sido, entonces: si era el pensador, ¿por qué no pensé? Me lo pregunté, ahora, entonces, incluso antes, pero estaba más preocupado en enfurecerme o en patear cosas que en pensar, mi fuerte. Y le resumí a mi viejo todo lo que dijo en una hora de historias sin sentido.
–La ficción se anticipa a la realidad. Eso querés decir…
–Claro. En parte sí, en parte no.
Pensé, por fin, en que no tenía idea para qué, si en parte no era así, había dicho todo el resto. Un resto largo. Pensando, llegué a la conclusión de que podía explayarme acerca de todo lo que había dicho y que no tenía sentido, pero decidí callarme la boca. Siempre lo arruinaba. Siempre. ¿Para qué recordarle que estaba equivocado? Quizá ya lo sabía de memoria y quería vivir así, no lo sé. Quizá no. No era cosa mía. Y si era cosa mía o no, y si lo sabía el tipo o no, en realidad no lo sabía a razón de que no lo había pensado.
Dejé de jugar con los corchos un rato después de que se sumó mamá. Ya había tantos que hubiera habido trampa si no chocaban entre sí en menos de dos movimientos. Me refiero a los corchos.
Parecimos muy felices cuando un rato antes de las doce llamó mi hermana Victoria desde los Estados Unidos. Me contó a los gritos que el novio le había regalado unas entradas para ver a los Spurs en marzo, y así sacarse fotos con Manu para después mandarlas aquí, Buenos Aires.
Yo pensé: está feliz por las entradas, pero está más feliz porque siente que estamos bien, que tenemos espacio para sentirnos bien por ella. Quizá no era cierto. Quizá ella se daba cuenta. Pero ella pensaba, y mucho, tanto que explotaba seguido. Sólo que sabíamos: en algún momento tenía que ser feliz. Ya basta.
–¿Mariano?
–Bien –dije.
–¿Cómo lo ves?
–Bien, en la lucha.
–¿Creés que volvió a tomar?
–No, no sé. A mí me parece que no.
–¿O sea que para vos está bien?
–Bueno… Sí.
–Buenísimo.
No me creyó. Estuve seguro. Pero entendió. Entendió que tenía que mentirle. No podía ser de otra manera. Nosotros, hermanos, mintiéndonos. PUP. Saltó el corcho al cielo raso. Papá y mamá brindaron. Clinc. Tan lindos. Muy entre ellos. Aaaah. Pensar… pensar todo lo que habían pasado. Nunca había visto tanto odio humano. Y ahí estaban, brindando.
–Pará… –le dije a Victoria.
–¿Pasa algo?
–Ah, no. No, todo bien. Tranqui.
Papá y mamá se habían besado. Mierda. ¿A qué mundo…?
Mariano, esa noche, tenía cara de Alplax. Quizá de Rivotril. Es difícil de reconocer para el que no consume por conocer las bancarrotas que conlleva. Pero era una cosa o la otra. ¿A quién le importaba si ni a él le importaba?
Vicky, entonces, me pasó con su novio. Tres meses atrás y monedas –como todo, monedas– estaba casada con otro hombre. Se separó. Se divorció. Se mudó y no se volvió a pronunciar en mi familia el nombre de ese hombre. Ahora el nombre en cuestión era otro y todos los pronunciábamos. Era así o nada.
Pensé en decirle que lo mejor que le había pasado a Victoria para adaptarse al sistema americano era haberse divorciado una vez –por lo menos– y mudado unas cuatro o cinco. Pero hablamos del Super Bowl y de la esperanza. Yo no sabía hablar de ninguna de las dos cosas, así que pasamos a feliz navidad, un gusto, espero conocerte.
Me pasó con mi hermana.
–Luis.
–Vicky.
–Dice Tom que hablás muy bien el inglés.
–Pfff. Transpiré todo. Me falta práctica.
–Cuando vaya… Che, pasame con mami.
Mamá tomó el teléfono y gritó de alegría, y charló con alegría, y Mariano la escuchó hablar así y entornó los ojos; y vi a mi padre relajado con su copa y estirado en la silla con el brazo colgando; y a Mariano de repente persiguiendo un corcho con otro corcho.