Se acerca un señor a otro. En una plaza, por la tarde. El señor que se acerca no llega a los cincuenta. Y el que está sentado sin darse cuenta de que el otro se acerca, se encuentra sentado junto a otra persona que sí conoce, y miran hacia la gente, las madres con sus hijos, la pareja adolescente, el que fuma un pucho con los mates, la que toma el helado después del trabajo. Pero no sabe que se acerca ese hombre grande, joven para ellos que se apoyan en la puerta de los ochenta.
El señor, entonces:
–Perdone.
El viejo levanta la mirada. El de cincuenta se presenta y estira la mano. Una madre le grita a su hijo con exagerada demanda que cuide la ropa y que la arena tiene piojos.
–Mi nombre es Enrique Marín. Usted me conoce, pero mi cara no debe decirle nada.
Enrique Marín asusta. Parece un hombre importante. Un auto importado lo espera al costado de la plaza. El viejo lo sigue mirando e intenta captar la esencia de Enrique, la cara original, no esa, la del día, la de su éxito. De todos modos, le entrega la mano y dice su nombre.
–Alfonso Biaggio.
Enrique sonríe y no puede evitar hablar con los ojos. Le brillan. Aprieta los labios. Los envuelve. Alfonso entiende una emoción, pero no la explica.
–Alfonso… Alfonso, el calesitero –dice Enrique con aire de presentador.
Alfonso entiende. Se cruza una mirada de truco con el viejo de su izquierda.
–¿Y cómo me reconoció, señor Marín?
Marín se entusiasma. Ya rompió el hielo inicial. El momento que esperaba.
–Don Alfonso. Perdón que no le suelto la mano, es que…
–No me suelte, como no soltaba la sortija ni que lo arrancara su madre del caballito.
Enrique se asusta de emoción. Se le cae la mano. No da crédito a lo que escucha. Tenía en su cabeza una imagen de cómo sería, y no era de ese modo.
–Entonces… usted se acuerda…
–Claro que me acuerdo, señor Marín.
–Me sacaba todas las vueltas de premio. Usted me dejaba sacar la sortija y me quedaba casi toda la tarde andando gratis…
–Te gustaba más el helicóptero, pero elegías el caballo porque desde ahí te podías estirar más y arrancarme la sortija.
–Me dejaba ganar, don Alfonso.
Don Alfonso se pone de pie. Es alto. Otra madre grita a otro hijo. El hijo detiene su corrida y camina desmotivado hacia su madre. Un ciclista cruza la plaza. Esquiva a una señora que le reclama que circule por la calle, pero el ciclista sigue. No lleva casco y escucha música. Es joven. Quizá todavía no piensa en la muerte. La señora le mira la espalda y asiente para sí misma y sigue su camino lento.
–Don Alfonso…
–Escúcheme, señor Marín…
–Don Alfonso…
–Cállese, carajo. Me va a escuchar.
Enrique Marín, con su traje de todos los días que puede costar más que todos los trajes de Alfonso Biaggio, se amilana, se retuerce a ese pedido y lo deja explayarse. Don Alfonso, con una forma que sólo él puede, con esa licencia del que hace bien lo que los otros mal, le levanta el dedo en la mismísima jeta al tipo importante que, cuando era un chico sin un mango, se llevaba todos los viajes en calesita. Las palabras salían de su boca y mejoraban en estéreo desde la punta de su dedo encendido.
–Usted se cree que yo, como calesitero, le regalaba la sortija.
–Me parecía que…
–Usted, sepa bien, me insulta acusándome de semejante crimen. ¿Se cree, acaso, que no reconocía a los demás niños como niños también?
–Usted, Don Alfonso, levantó mi estima, me hizo sentir un ganador. Yo entendí que eso era parte de un plan. Su plan. Que alguien, entre todos, tenía que resaltar. Que mejor uno con espíritu soñador, que mil al costado del camino…
–¡Jamás, señor Marín! Jamás se le ocurra que yo le regalaba la sortija. Usted solo, con el sudor de su frente, con el dolor de sus brazos extendidos hasta separarse de su cuerpo, se llevaba la sortija. El resto de los chicos, si no la agarraba, era porque no la quería tanto como usted. Ya ve como no me olvido de su cara.
–Era…
–Un luchador. Usted.
–¿Y usted…?
–Yo no hice nada. Yo no le permití nada. Lo hizo usted solo.
–Yo había pensado, todos estos años…
–Vaya tranquilo. No busque cómplices. Usted era el luchador, no yo.
–Y lo busqué todo este tiempo. Quería agradecerle. Toda la motivación que me dio. Ese detalle de la sortija.
Marín, confundido, como siguiendo su plan original, extrae de su saco la chequera.
–¿Qué hace, se puede saber?
–Mi… forma de agradecerle…
Los dos viejos ya están sentados juntos nuevamente. Los dos parecen furiosos con ese hombre. Entienden, pero no toleran la incomprensión ajena. Eso entiende Marín. Lo entiende, pero todavía cuelga la chequera de su mano.
–Así que, señor Marín, no quiere detener su ola de insultos.
–Es una manera de agradecerle.
–Vaya, Enrique. Vaya. Esto no es lo que esperaba. Yo, la sortija, no la regalaba. Se la llevaba el que se le marecía.
–¿Me está diciendo en serio? Porque me ayudó a confiar en mí…
–Eso no me incumbe. ¿Su madre vive?
–Sí, es grande, pero…
–¡Qué suerte! ¡Vaya! Pregúntele, eh. Pregúntele a la señora cómo era usted con eso de la calesita. Y se lo va a decir como yo: si no la ganaba, casi que me hacía parar el juego, la canción y se ponía a discutir con los demás hasta que… Mire. Créame. Soy un hombre honesto.
–Sí, claro… Bueno, Don Alfonso…
–Alfonso, por favor…
–Cualquier cosa que necesite…
–No necesito nada. Usted es feliz, yo soy feliz. La mayoría no. Estamos en paz.
Marín le extiende calurosamente la mano, pero Don Alfonso le devuelve un viento nórdico de cinco dedos y mira a las madres y a las demás figuras de plaza. Cruje una hamaca, como siempre.
Marín extiende la mano al otro viejo, quien lo mira como expulsándolo y no le extiende la mano. Marín comprende y dice bueno y se retira. Pasa un rato, se inicia la calesita con un disco viejo. Alfonso no está al mando. Un tipo de treinta y pico empieza a sacudir la sortija a los chicos que, por chicos que sean, entienden que representa una vuelta gratis. Y la quieren para ellos porque su madre mira y porque los demás miran y porque sí, también. Alfonso mira y suspira. Su amigo sabe que tiene que acotar algo.
–Mirá como revolea la sortija este zapallo…
–Demasiado lejos de las manos. Tiene que darles esperanza.
–Los chicos son los toros; él, el torero. Debería saberlo.
–Sentirles la mano –dice Alfonso, concentrado–. Que la sortija les roce la mano, que a la vuelta siguiente crean que ya saben cómo hacer para sacar la sortija.
–Claro.
Pasan unos minutos. La canción es tan vieja y tan efectiva. La canción de las calesitas, piensa Alfonso. El perfume de Enrique Marín sigue en el aire. Las palabras de Enrique Marín parecen escritas con navaja en los árboles de por ahí.
–¿A cuántos escuchamos con ese cuento?
–Ya ni sé.
–¿Te acordabas en serio de éste?
–Sí… Un pibe maravilloso.
No puede evitar la caída de un poco de llanto. Se detesta cuando llora. Siente la lágrima en algún pasillo de su barba canosa. Se insulta a sí mismo. El otro se ríe y murmura algo sobre la chequera, y agrega algo, casi para sí, pero sabiendo que Alfonso lo está escuchando. Algo acerca de que la gente no entiende, a veces.
Naftalina 3G
Hace 4 meses

